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Cómo influyen los mecanismos psicológicos en las lesiones deportivas.

El ser humano es una unidad psico-somática, de forma tal existe una interacción permanente entre nuestra vida anímica y lo que acontece en el cuerpo y lo que acontece en el cuerpo repercute en la vida anímica. Normalmente hay una integración entre lo psíquico y lo somático, la que puede verse afectada en forma extrema en aquellos cuadros que llamamos enfermedades psicosomáticas. La úlcera gastroduodenal, la hipertensión arterial, el asma son algunos ejemplos de ello. Decimos que prevalece en ellos una disociación psicosomática. Suele afectar a personas que tienen dificultades en la expresión verbal de sus afectos, lo que sumado a cierta facilitación orgánica constitucional hace que utilicen el cuerpo y la enfermedad como posibilidad de manifestarse.

Para los deportistas, el sistema musculoesquelético es aquél que utilizan como herramienta de trabajo. Por lo tanto, es el que tiene mayor nivel de exposición, desgaste y sobre el que van a influir los estados emocionales por los que el deportista atraviesa a lo largo de su carrera. Los movimientos que se ejecutan al realizar un deporte requieren una tensión muscular óptima que se logra con una preparación tanto física como psicológica. Es por esto, que las circunstancias propias de la competición y las vivencias del jugador van a incidir directamente en este estado. El temor, la ansiedad, la frustración, -sean conscientes o inconscientes- así como la significación que adquiere determinado rival, podrán variar el tono muscular produciendo hipo o hipertonías asincrónicas con lo que el jugador necesite realizar en ese momento. De esta forma, la patada, el golpe, el pase, y las pisadas, giros u otros movimientos que realice resultarán en áreas de mayor fragilidad o disposición a la lesión. Llevado a niveles menores, el jugador no sentirá tanto, pero sufrirá trastornos funcionales (calambres) o lesiones de mayor gravedad.

Sabemos también, que la alta competencia trae implícito un elevadísimo nivel de exigencia.    

A lo largo de su carrera, los jugadores realizan una preparación atlética minuciosa para poder afrontarla: horas de trabajo físico, gimnasio, dieta, etc. bajo la supervisión   de deportólogos, preparadores físicos, kinesiólogos y nutricionistas. Todo este trabajo compone un 50% de su rendimiento. El otro 50% le corresponde al aspecto mental o psicológico. Más recientemente, se comenzó a divulgar, comprender y utilizar los recursos y aportes profesionales en esta área.

La atención, la memoria, la concentración, la actitud, el espíritu de lucha no deben entenderse como funciones psíquicas aisladas, sino articuladas en el conjunto de motivaciones, deseos y fantasías de un sujeto singular o un grupo en un contexto o situación determinada. Particularmente, la motivación y sus vaivenes dentro de un mismo partido reflejan un sinnúmero de vivencias en las que se incluyen la sensación de confianza en las propias aptitudes, la estimación de la performance del rival, la tolerancia a la frustración, la capacidad de espera, la influencia de terceros (compañeros, DT, público) así como cierta tenacidad en la conquista de sus objetivos.

En lo intrapsíquico, los ideales tienen un lugar destacado. Los ideales proveen las metas a alcanzar y a la vez son reguladores del autoestima, resultado algunas veces voraces y exigentes. La presión de los ideales, promueve de un sentimiento de sufrimiento intenso si el sujeto no es capaz de articular lo que puede con lo que quiere. O, si los tiempos internos y externos lo apremian. Muchas veces, los jugadores de alta competencia salen a jugar y deben cargar no sólo con sus propios ideales sino con los de su familia, que deposita en ellos sus expectativas y se “cuelga” de sus logros deportivos y económicos como una pesada mochila. Otras veces, un pueblo o la nación toda carga sus ideales y expectativas en los jugadores como forma de participar simbólicamente a través de un mecanismo de identificación con la euforia del éxito y la victoria que los aleje aunque sea momentáneamente de las penurias cotidianas. Son todos estos sentimientos ambivalentes lo que pueden “traicionar”al deportista en la consecución de su meta.

Algunos jugadores pueden enfrentar estas coyunturas más armónicamente, pero muchos otros requieren una preparación y elaboración psicológica que les permita tramitar estas exigencias y conflictos sin que ello sea lesivo para su persona o su desempeño deportivo. Si algo está mal procesado en el terreno psíquico, será el cuerpo el que manifestará su protesta o su voz de alarma ante exigencias desmedidas.

En los deportistas, las lesiones reiteradas son la vía de expresión de una conflictiva que no encuentra otro modo de canalizarse. Las lesiones actúan como la forma obligada de parar, de decir basta.

Resulta frecuente observar en los deportistas una sobreadaptación a la realidad ambiental,  la que implica un alto nivel de sometimiento a las exigencias e ideales de su medio, favorecido en gran medida por las importantes gratificaciones narcisistas y materiales que obtienen (ganar mucho dinero, ser muy conocido, tener fama, éxito, etc). Cuando sucede esto, ya queda poco lugar para el aspecto lúdico, el placer de movimiento, el disfrute del deporte. El hiperrealismo y resultadismo que hoy tanto observamos mide las cosas en términos de eficacia, casi de máquinas de producir (resultados exitosos), siendo más aptos aquellos que más se disocian, no sienten ni piensan demasiado. Todo ello a costa de una mayor vulnerabilidad somática.

En definitiva, creemos que la posibilidad de trabajar psicológicamente puede prevenir, orientar y esclarecer estas problemáticas en los deportistas y aliviar también la sobrecarga que recae sobre la familia y el equipo técnico y asistencial, quienes cuentan con su capacidad humana, pero no con la preparación profesional idónea para abordar este tipo de conflictivas.


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